sábado, 26 de noviembre de 2016

Detrás de la Maceta. El descenso

En la primera parte de esta aventura -Detrás de la Maceta. El ascenso-
habíamos argumentado la incursión, sin ir más lejos, con la búsqueda
de algún vestigio de una ancestral leprosería ubicada por estos parajes,
según cuenta una leyenda de nuestro querido pueblo.



Estábamos ascendiendo al cerrete trasero, ojos avizores, y la ilusión
de codearnos con provectas encinas salvadas de las talas de antaño,
con Ubrique en lontananza, marcándonos la referencia de la cota.



Gran sorpresa nos llevamos cuando al encumbrar, vimos que estábamos
a la altura del impresionante "Casino de los Pajarracos"; una extraordinaria...



y alargada oquedad en medio del tajo vertical que conforma la gran falla.
Por supuesto, no podían faltar...



sus moradores -posiblemente "echando un mus"- o charlando tranquilamente
de sus carroñeras historias. Aún bien lejos que estábamos...



se percataron de nuestra presencia y se lanzaron al vacío con su elegante vuelo.
Bien sabemos el terror atávico que los animales nos tienen a los animales humanos.
Terror que bien nos hemos ganado a pulso a lo largo de la historia.



Y por encima de la falla, prominente, la altura más importante
de nuestro término municipal... el genuino Salto del Gamón
-topónimo "prácticamente" oficial, como lo vivimos en la



A nuestro alrededor se desenvolvía el caos impredecible.
La debacle calcárea. La maravilla sobrecogedora.
Estuvimos un buen rato buscando alguna pista deambulando...



entre altivas aristas...



y profundas formaciones tectónicas.
Para hacernos una composición de lugar de la zona de búsqueda,
tiraremos de una foto de archivo en la que podemos observar...


a la derecha, la Maceta. A la izquierda la Merga -falla. Y justo detrás del único
madroño del contorno -una de esas rarezas de nuestra sierra- el promontorio en
el que ubica la leyenda aquel refugio de "almas en pena",
 donde pasaban sus últimos días de la enfermedad tan terrible que fue la peste.



Una zona agreste, bien apartada de todos los caminos...



y prácticamente inexpugnable. Lo que no es óbice para que...



junto a estas dos encimas al borde de la cumbre,
se vislumbrara una especie de acceso a esta parte superior.
Según sabemos por las películas, las leproserías eran reductos
a donde los familiares llevaban alimento y agua
pero sin contactar con los enfermos.



También sabemos -y no por las películas- que en los campos se construían
 pequeños y circulares corraletes para almacenar y proteger de los animales,
productos agrícolas -como lo vimos en "Fuentes V. Infante Calderón".
Debajo de aquellas matas secas de ardivieja, al arrancarlas...



surgió uno de estos "almacenes".
Es posible que hubiésemos dado con uno de los vestigios...
¡El lugar donde les podrían dejar la manutención!



No es difícil imaginarse a aquellas almas en pena,
deambular por estos apartados y bellos rincones...



rodeados de murallas naturales.



No es difícil imaginar aquella situación marginal por la terrible enfermedad
por estos lares -incluso se adivinan algunas piedras colocadas a posta.



No fue difícil imaginar a aquellas personas desheredadas,
 protegiéndose del sol bajo las ancianas encinas o de...



las inclemencias y rigores, en profundos y elaborados refugios.



No fue difícil imaginar una vida que no era vida y
que a la vez resultaba puramente "prehistórica".
De hecho la vida en cuevas ha sido una costumbre
 que ha existido hasta hace poco en nuestros contornos;
valgan los ejemplos de legendarios personajes como
Chirimbolo, Chinguango o el famoso Chiriguay.



Desde luego, entre aquellos terrenos tan peculiares, imaginación no nos faltó.
El descenso tenía que acaecer. La hora se nos echaba encima.
Habíamos visto la opción de bajar por la vereda del cerro del Mono,
pero dado que estábamos más cerca de este otro lado
decidimos optar por la vereda alternativa. Esa en la que...



en el transcurso encontramos una enorme encina que
 se salvó de la quema para carbón vegetal en el pasado,
¡y con un agujero...! 
¡Bien podría servir de marco para la foto de perfil del "feisbu"!



Y así lo hicimos... 
¡Siempre mirando por la Naturaleza, la Gran Madre Tierra!
-Nunca mejor dicho lo de "mirando".


Un descenso vertiginoso se presentaba ante nuestra base urbana.
Una auténtica vereda de cabras por debajo de la Placa...



bien plena de singulares y bellos contrastes...



y encuentros amables con seres vivos, muy al gusto de este humilde blog
amante de los animales y en contra de la tortura hacia ellos.
La estampa no pudo ser más providencial. 
Pero nos esperaban más sorpresas.



Justo donde está la gran piedra con una cruz labrada que señala
la cañada o paso de herradura bien antiguo...



un alegre revuelo de alas, nos sobresaltó. Nuestras amigas las palomas
en bandada surcaban el aire del paso de los Carboneros en los Pernales,
en busca de un lugar donde posarse.



lo mismo se han asilvestrado por estar hartas de que abajo,
en el pueblo, las llamen "ratas voladoras" y las traten como tal. 



Por fin llegamos al último tramo del descenso...
Enésimas ocasiones para admirar este entorno y,
 cuando ya creíamos que lo habíamos visto todo, 
ante nuestras pupilas aparece...



un fragmento de tégula 
-teja romana frecuente en nuestra ciudad romana de Ocurrris-
aquí, en el Ubrique el Alto -asentamiento del Umrica árabe...
-¿Y ahora qué...? ¿Dónde queda la lógica...?
¡Misterios por resolver...!



Y entre imaginación, recias encinas, lepra, animales e historia,
 desde detrás de la Maceta, 
habíamos descendido hasta el valle próspero y lleno de casas que nos vio nacer.





martes, 22 de noviembre de 2016

Detrás de la Maceta. El ascenso

Cuenta la leyenda que en un cerrete calizo detrás de la Maceta, en la sierra de Ubrique,
hace muchos lustros, existía una ancestral leprosería donde los pobres infelices eran
apartados. Hasta allá arriba les llevaban comida y agua. Y allí acababan sus penosos días.



Aquel domingo hicimos una incursión, sin ir más lejos, para ver si encontrábamos
su localización, sabiendo que si así no ocurría, la mera ascensión por las calles...



de nuestro querido pueblo -cuyos rincones conforman un jardín natural-
y el posterior "repecho" por la vereda de la Aljibe, bien merecía la pena.
Y decimos "repechar" porque subir a la sierra siempre va acompañado
del esfuerzo y el tesón personal en contraposición a lo que algunos creen.



-¡Hay quien piensa que la sierra es para "descansar"...!
Pero de nada nos sirven los almohadones. Nuestro destino está allá en la cumbre.



Dejamos atrás la "somierilla" -vocablo compuesto de somier y angarilla-
que da acceso a la Era donde están los restos del árabe Umrica,
 no sin percatarnos del daño sinsentido...



que manos anónimas infringen una vez más al panel del mirador del  Ubrique el Alto
-en la ruta de los Miradores. Desde el Mirador podemos obtener curiosas instantáneas...



Como el Convento de Capuchinos y la ermita del San Antonio -de perfil.



Pero no nos entretuvimos más. 
La subida que nos esperaba se presentaba con ilusión.
-¡Cuántas veces hemos deambulado entre estas piedras cuajadas de veredas.
La elegida para esta ocasión, era "la primera subiendo a mano derecha".
¡La vereda del Aljibe...! 



Dicha vereda era escarpada en el primer tramo...
¡Un buen repecho!
Pronto estábamos con Ubrique a nuestros pies.
Pero esa pendiente no era óbice para disfrutar de las vistas
hacia nuestro querido pueblo.



Le diremos un "hasta luego" a la cuna que nos vio nacer.
Lo perderemos de vista pues lo exige el guión de la ruta.
Llegamos a una vaguada...



que encierra un alfanje -llanito de picón- en el camino.
Es uno de esos rincones mágicos que demuestran que la sierra de Ubrique,
al ser una de las últimas estribaciones del sistema Penibético,
se fractura en multitud...



de estructuras desestructuradas a las que las hiedras le añaden
más magia de duendes, elfos y ninfas, si cabe.
La Gran Madre Tierra nos ofrece para nuestro deleite estas estampas
y somos los animales humanos los que insistimos en destruirlas.
Por nuestras acciones y nuestra asignatura pendiente en la sierra...



nos tuvieron que colocar el cartelito que nunca hubiera hecho falta,
en la pared que nos separa de la primera Aljibe.



El primer tramo de la aventura se presentaba ante nuestros ojos...
¡La primera Aljibe!
Siempre recordaremos la primera vez que subimos hasta este punto en la juventud.
Aún hoy en día sentimos el mismo hormigueo en el estómago...
-¿O eran mariposas?



El caso es que siempre sorprende ver la flamante explanada encima de la sierra
una vez "repechado" hasta aquí. Una parada para el deleite siempre va bien.
A lo lejos algunas siluetas familiares del contorno de Ubrique, entre ellas...



la meseta del Salto de la Mora que alberga entre sus altivas explanadas,
la inmortal ciudad romana de Ocurrris.
La paradita no fue nada más que un pretexto para recuperar el aire.
¡La cuesta, cuesta...!



No podíamos perder la razón de la incursión. Andábamos a medio camino.
Todavía quedaba trecho... ¡Y ascendente!
A la izquierda de la planicie del aljibe...



Se alzaba nuestro objetivo.
Una vez localizada la otra vereda...



pronto quedaba rezagada la antigua obra que guarda 
el primordial líquido elemento. La nueva ascensión era agradable.
No era tan pendiente. Además, a medida que subíamos...



la óptica sobre la gran falla llamada la Merga que enmarca Sierra Baja,
es sobrecogedora. En el camino nos íbamos topando con curiosidades
naturales que son del gusto de este humilde blog... en verde.



Nos referimos, por ejemplo, a esos llanos -alfanjes- elaborados por la mano
de nuestros ancestros, a base de acopio de tierra y que usaban para
la elaboración y acarreo de energía vegetal -el cisco y el picón.



O bien, la gran cantidad de delicado pero fingido azafrán silvestre 
que tanto abunda en esta época.



Alguna que otra poceta natural, producto de la disolución de la roca caliza y que
recoge agua de lluvia. Pero quizá sea lo más llamativo cuando en el camino...



tropezamos con un buen trozo de "sal de moro" -calcita, cuarzo cristalizado
a profundas presiones y que emergieron por los movimientos orogéneos.
Al ser más frágiles, por las vetas de "sal de moro",
 discurren la mayoría de la veredas de la sierra.



Así distraídos, alcanzamos cota. A nuestra izquierda se erguía orgullosa la Maceta,
separada del cerrete trasero, al que venimos a buscar los restos de la posible...



leprosería ancestral, por una vaguada que separa de partes diferenciadas
de nuestra querida sierra. Poco o nada nos quedaba que no fuese conocido...



hasta llegar a un pradito de margaritas como de cristal.
Allí estaba esperándonos el viso.
Marchando abajo nos encaminaríamos hacia el cerro del Mono.
Lo tendríamos en cuenta como posible ruta para el descenso...



pero nos tocaba seguir subiendo un poco más por fragmentos ignotos
de la sierra, deseando tener suerte y grabando en la memoria las escasas
encinas lustrosas que por su ubicación sobre atalayas, se libraron
de postreras e ignorantes talas indiscriminadas.



Nuestro campo de visión se iba ampliando. Ante nuestros ojos se erguía vigorosa
toda la sierra de Cádiz... ¡Bueno, casi toda! Estábamos bien altos.
Más altos que la sinuosa carretera de Benaocaz. 
Y más altos que el llano de Vega Redonda,
esa dolina que se dibuja como anfiteatro entre el maremagnum calizo.



Habíamos volcado todo nuestro corazón en el empeño por lo que,
 a partir de ahora habíamos de estar atentos para ver si encontrábamos
algún vestigio de lo que veníamos a buscar. Así que...



¡Ojito, ojito...!
-¡Qué buen modelo resultó ser la piedra caliza con un boquete, en la sierra!



Ascendimos hasta detrás de la Maceta, con Ubrique en lontananza.
Ahora era cuando la aventura iba a comenzar en realidad.
Tocaba subir al cerrete trasero para la investigación.
¿Descubriremos algún vestigio de la leyenda...?
¡Lo sabremos en la segunda parte "Detrás de la Maceta. El descenso"!



Y mientras, ajeno a nuestras ilusiones y nuestro denuedo,
 un escarabajo pelotero, algo agobiado,
no por la naturaleza de su carga sino por tanto esfuerzo,
 pensaba... 
"¡A veces esta vida es una m......., pero me gusta!"




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